Juguetes… improvisados :)

Casa-Torre-Juego-Rascador-para-Gatos-112263626_6A veces (por no decir casi siempre) los animales pasan de sus juguetes y convierten en diversión aquello que menos te esperas.

El ejemplo clásico suele ser el de los gatos que no le hacen el menor caso a esas torres con camitas y rascadores que tanto parecen gustarnos a nosotros y que, sin embargo, se vuelven locos cuando ven una caja vacía ¿A que os suena? :)

Pues en mi casa, Líah nos ha descubierto otro ejemplo. Se trata de la alfombra-parque-de-atracciones, por llamarlo de alguna manera. Y es que mi madre compró hace poco dos alfombras redondas de yute, y en seguida descubrimos a quien le gustaron más…

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Ahí tenéis a Líah en plena acción en una de las alfombras de mi madre. De momento no se ha quejado -mi madre, digo-, espero que siga habiendo suerte.

Liéta se pasa ratos enormes sentada o echada ahí, haciendo la croqueta sobre ellas, y he descubierto que también las usa como rascador. Quién nos lo iba a decir… Y sus camas y juguetes, muertos de risa.

Así son los gatos. Y supongo que por eso, y por muchas otras cosas, me encantan :)

Y vuestros gatetes, ¿qué ‘juguetes’ se han agenciado sin permiso? Supongo que está bien que vayamos compartiendo estas cosas, porque así en vez de ir a comprárselos a una tienda de animales, nos vamos directamente a Leroy Merlin (de donde vienen las alfombras), o al sitio que vosotros me digáis, y terminamos antes x)

maria firma

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Mis niños. Parte I: Líah y Dante

Y después de presentar el blog, llega el momento de que conozcáis a varios de sus protagonistas, mis niños. Como os conté en la entrada anterior, tengo la suerte de tener conmigo a dos gatos: Líah y Dante, y a dos tortugas: Nega e Indy.

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A Líah la rescataron de bebé, perdida o abandonada junto a un contenedor. Una gran persona no dudó en llevársela a casa y, como sabía que yo llevaba tiempo con ganas de adoptar un gatito, me llamó. Yo ni si quiera sabía cómo era, pero tampoco pregunté. Me daba igual si era macho o hembra, cachorro o adulto, de un color o de otro. Quería compartir mi futuro con él o ella, y punto. Y así fue cómo Líah entró en mi vida, una noche de septiembre.

Era una muñequita escuálida y preciosa, de apenas unas semanas, que todavía tomaba biberón. Al día siguiente de su llegada ya era la reina de la casa. Sus primeros meses fue muy activa y traviesa, como toda cachorrita. Mordía y arañaba todo lo que se cruzaba en su camino. Pero con el paso del tiempo, con un poco de educación y muchos mimos, se ha convertido en una señorita muy muy buena. Tiene sus ratos de actividad y de juegos (normalmente por las mañanas) y sus largos ratos de siesta, enroscadita en mi cama, en el sofá, o en el rincón más confortable que encuentre en su camino.

No se ha hecho demasiado grande, con sus cuatro años pesa 3,5 kg. Siempre le tenemos la comida puesta y ella misma se dosifica. Lo cierto es que mantiene el tipo sin sacrificarse en absoluto :) Yo creo que se debe, en parte, a las carreras que se pega por casa todas las mañanas ¡Pero es tan ágil y cuidadosa, que nunca rompe nada!

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Dante llegó a nuestras vidas sin avisar, hace ahora un año. Mi novio y yo fuimos a cenar con su familia a un pueblecito a las afueras de Ponferrada y, al bajar del coche y dirijirnos al restaurante, vimos a unos niños pequeños sujetando un gatito que no dejaba de maullar. Al acercarme a ellos me preguntaron que si lo quería, que estaba abandonado y si no se lo llevaba alguien se iba a morir. Por lo visto ellos llevaban unos días sacándole latas de atún y sobras de comida, pero a ninguno le dejaban llevárselo a casa. Así que os podéis imaginar lo que pasó. Aquella noche regresamos en el coche con un miembro de la familia más.

Con solo unas semanas de vida, Dante era una bolita de pelo comilona y ronroneante. Era imposible no enamorarse de él. Tras la primera visita al veterinario, confirmamos que, al contrario que Líah, el pobre Dante había venido acompañado de una familia de pulgas y algún que otro parásito interno. Nada que un buen baño y unas pastillitas no puedan solucionar :)

Tuve que restringirle la comida desde el principio porque, si por él fuera, se comería un saco de pienso cada día… jeje. Ha crecido muy rápido y en solo doce meses se ha convertido en un gato grande y esponjoso de 5’5 kg de cariño y de ganas de jugar.

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Podría pasarme horas hablando de cada uno de ellos, porque los dos son tan distintos y tan especiales… Pero ya tendremos tiempo de contarnos con más detalle cómo son nuestros pequeños y cómo los cuidamos.

Y vosotros ¿qué animalines habéis adoptado? ¿cómo llegaron a vosotros?

¡Un abrazo muy fuerte, y hasta muy pronto!

maria firma